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ADAPTÁNDOSE AL EURO Voyerismo. Observando a un matrimonio muy ardiente.

 

Trabajo en una entidad bancaria, en una oficina bastante importante situada en una avenida muy céntrica de Barcelona. Mi horario de trabajo termina a las tres aunque a veces tengo que quedarme alguna tarde a trabajar si hay algo urgente. No estoy muy seguro de cuando llegaron Merche y Carlos. Creo que fue hace un par de años cuando la empresa que se encargaba anteriormente de la limpieza acabó su contrato y el director de la oficina buscó una nueva empresa. Merche y Carlos son un matrimonio de alrededor de 40 años y, según me fui enterando poco a poco, habían fundado su propia empresa, una pequeña empresa de limpieza en la trabajaban ellos dos y empleaban temporalmente algún personal. Al principio ni siquiera me fijé en ellos. Llegaban poco antes de que nos fuésemos todos y se iban al cuarto de la limpieza a preparar el material y ponerse la ropa de trabajo mientras los empleados nos íbamos marchando. Un día me fijé por primera vez en Merche; eran las tres y cuarto y estaba acabando de revisar unos contratos cuando la vi pasando el trapo por las mesas. Aparentemente era una mujer de lo más vulgar, sin ningún encanto especial pero, no sé por qué, enseguida me atrajo. La bata de trabajo envolvía sus generosas formas de mujer, unas caderas rotundas, unos pechos generosos y unas piernas bien torneadas. El pelo, recogido en un moño, era de un negro profundo e intenso. Enseguida me di cuenta de que bajo la bata sólo llevaba las bragas y el sujetador, y la tela de la bata dibujaba sus formas. Su rostro no tenía nada de especial pero parecía emanar un magnetismo especial; me pareció, por una intuición indefinible, que de esa mujer casi cuarentona, emanaba una especie magnetismo sexual. No podía dejar de mirarla de reojo mientras se movía entre las mesas, intentando ver algo a través de la bata o por sus aberturas. No pude ver nada pero mi imaginación desbocada imaginaba sus formas bajo la bata; la imaginaba desnuda, sólo con las bragas y el sujetador, paseándose ante mí por toda la oficina bancaria. La verdad es que yo estaba bastante alterado. Mi vida sexual, que nunca había sido maravillosa, había entrado en un período de franca recesión. Mi esposa es una mujer muy poco ardiente y nunca ha querido más de un polvo a la semana, y no todas las semanas, así que la visión de Merche estimuló mi fantasía hasta límites insospechados. Ella se alejó un poco, limpiando las otras mesas, mientras yo renunciaba a seguir revisando los malditos contratos mientras notaba como algo se despertaba entre mis piernas. Entonces apareció Carlos, su marido. Aunque yo estaba un poco alejado, no pude dejar de observar sus movimientos. Parecían una pareja de adolescentes encelados; él, con disimulo, le tocaba el culo cada vez que pasaba junto a ella y ella simulaba enfadarse apartándose a su paso. Mi polla, que estaba ya despierta, se enderezó rápidamente mientras observaba la insólita escena. Me hice el distraído fijándome en todos sus movimientos. Ya en la otra sala, me pareció ver que Merche echaba mano a su paquete como de pasada mientras seguía limpiando. Ese día me fui a mi casa caliente y por la tarde me masturbé furiosamente imaginando a Merche chupando la polla a su marido. Desde ese día no pude sacar a Merche de mi cerebro. Por la mañana llegué antes que nadie a la oficina con un objetivo fijo: con el pretexto de ir al lavabo, entré en el cuarto de la limpieza, situado al lado. Había materiales de limpieza y también, en la percha, la bata de Merche. La cogí excitado, recordando sus movimientos bajo la fina tela y aspiré su aroma. La bata tenía un leve perfume, como de lavanda, mezclado con un olor de mujer que disparó de nuevo mis sentidos. Estaba oliendo el rastro de su cuerpo en la tela y mi imaginación desbocada recordaba otros olores. A mi memoria vino el recuerdo de aquel día en que una amiga de mi mujer se quedó a dormir en casa con motivo de un viaje. Por la mañana, mientras se fueron las dos de compras, entré en la habitación de invitados y rebusqué en su bolsa hasta encontrar sus braguitas usadas. La paja que me hice oliéndolas y toqueteándolas fue la más gloriosa que recuerdo. De vuelta a la realidad, rebusqué por el cuartucho sin encontrar nada más. Desde ese día estuve obsesionado con esa mujer. Lo que más me excitaba eran los juegos con su marido; siempre había deseado ver un matrimonio follando; el polvo casero tiene un morbo especial para mí, infinitamente superior a la mejor película porno del mercado. Así que desde ese día no me perdí detalle de sus movimientos. Estaba seguro de que cuando todos se iban sus juegos tenían que acabar en un polvo. Además, estaba seguro de que Merche tenía que ser una mujer muy caliente había algo en su aspecto que me lo hacía intuir, aunque quizá era la forma como provocaba a su marido lo que me hacía imaginar que era una mujer de coño caliente. Al día siguiente de mi descubrimiento inicial, también me retrasé un poco en la salida. Esta vez no tenía contratos por revisar pero simulé estar concentrado en un estudio financiero. Al poco rato se repitió la escena del día anterior; Merche limpió el polvo de las mesas mientras yo la miraba de reojo y después siguió en la sala contigua junto con Carlos. Aprovechando que estaban en la otra sala, me dirigí al lavabo y entré en el cuarto de la limpieza. Rebusqué en la bolsa de deporte y encontré un pequeño tesoro. Eran sus braguitas. Eran limpias pero aún así me llevaron a un estado de excitación máxima. Oliéndolas y mirándolas, me masturbé como un loco mientras imaginaba mil y una escenas cuya protagonista era siempre Merche. Este juego se repitió muchos días y mi calentura iba a más sin que ni las muchas pajas ni los esporádicos polvos con mi mujer lograran calmarme. Un buen día me decidí a dar un paso más en mi actividad morbosa. El despacho del subdirector estaba situado en un extremo de la sala principal. Como en muchas oficinas, el despacho tiene una ancha ventana con una cortinilla. Así, desde su despacho, el subdirector puede ver toda la oficina, cuando la cortinilla está con las laminillas en horizontal. Con la luz interior apagada no se ve el interior así que era un escondite ideal. Además, cuando entrasen a limpiar podía esconderme en el armario, suficientemente grande. Aquel día dije a mi mujer que me quedaría toda la tarde trabajando porque había mucho trabajo por la adaptación al euro. A la hora de siempre, hacia las tres, les dije que me marchaba y entré sigilosamente en el despacho. Agazapado en el rincón, veía a través de la cortinilla todo lo que pasaba en aquella sala. Durante un buen rato siguieron limpiando como si nada, aunque los toqueteos y caricias se fueron repitiendo. Tras un buen rato, yo ya empezaba a pensar que no habría espectáculo cuando en una de las pasadas junto a Merche, Carlos la atrapó entre sus brazos y la morreó largamente mientras sobaba su culo por encima de la bata. Ella al principio se resistía, haciéndose la estrecha, pero él la siguió acariciando, ahora ya por debajo de la bata, hasta que ella, ya entregada, respondía a sus caricias. Carlos le desabotonó la bata descubriendo su cuerpo. Merche llevaba un conjunto de braga y sujetador blancos, de encaje que resaltaban su cuerpo moreno. Con la bata abierta estaba encantadora; su cuerpo era macizo, emanaba sensualidad. Mi vista se posó entre sus piernas. Bajo la fina tela de las bragas transparentaba una poderosa mata de pelo negro, muy negro; un auténtico bosque que se desbordaba por los bordes de las bragas. Estaba alcanzando otro de mis más morbosos sueños; me excitan enormemente los coños muy, muy peludos. Cuando Carlos acabó de desabotonar la bata, Merche aprovechó el momento para salir corriendo. Con la bata abierta, corría riendo entre las mesas perseguida por Carlos, que se sacó los pantalones y la camisa. La escena era inenarrable y mi polla estaba a punto de reventar. Era evidente que Carlos estaba empalmado como un burro; su bulto era muy evidente bajo el slip, y las risitas nerviosas de Merche revelaban que también estaba muy cachonda. Merche se paró y se tumbó sobre una mesa. Con la espalda y los pies sobre la mesa, abierta de piernas, mostraba impúdicamente su potorro peludo bajo las bragas. Carlos se acercó y empezó a besarle sobre las bragas mientras ella acariciaba su cabeza y suspiraba. Su cara era todo lujuria. Yo estaba más excitado que nunca y habría dado cualquier cosa por ocupar el lugar de Carlos. No sé cuántos minutos estuvo amorrado sobre su coño pero estuvo largo rato besando, oliendo y mordisqueando aquel potorro mientras ella, cada vez más excitada, le apretaba la cabeza contra ella. Las bragas estaban empapadas, de una mezclo de saliva y jugos del coño, y cuánto más mojadas estaban, más transparentaban la masa de pelo bajo la tela. Con la bata abierta y espatarrada de aquella manera sobre la mesa, era lo más excitante que había visto en mi vida. Después de un buen rato, Merche se corrió. Fue un orgasmo brutal; tembló de pies a cabeza y cerró los muslos aprisionando la cabeza de su marido mientras gemía ruidosamente. Quedó unos instantes quieta, con la cabeza caída hacia atrás mientras acariciaba lentamente la cabeza de su marido y éste daba los últimos lametones sobre las bragas empapadas. Pero la cosa no había acabado ni mucho menos. Carlos se levantó y a través de la ventana pude ver cómo estaba de empalmado. Bajo su slip se marcaba un bulto considerable. Merche empezó a acariciarle el paquete, primero lentamente y después apretándolo ligeramente mientras Carlos la miraba. Se quitó el slip y pude ver su polla de muy buen tamaño, impúdicamente enhiesta. No era más larga que la mía pero sí bastante mas gruesa y, evidentemente, en aquel momento durísima. Carlos se puso de pie con las piernas ligeramente abiertas mientras Merche, agachada, empezaba a comérsela toda. Con auténtica gula, con glotonería, la besuqueó, la estrujó, la chupó, la mamó, la manoseó, la olió, la marraneó... Estuvo largo rato jugando con aquel palo de carne caliente mientras sus dedos chapoteaban en su coño peludo. Carlos acariciaba su pelo, ahora ya con el moño medio deshecho, mientras le decía guarradas. No oía muy bien desde mi escondite pero pude entender algunas de las palabras que le decía: guarra, golfa, mamona ... mientras ella chupaba y lamía incansablemente su objeto de placer. Tras un buen rato, Merche se levantó y se desnudó del todo. Su aspecto entonces era de lo más morboso: en bragas y sujetador, con la bata abierta, despeinada y ruborosa, con un brillo de deseo en sus ojos. Desnuda del todo, se puso a cuatro patas sobre la moqueta. Era evidente que le estaba pidiendo polla a su hombre y Carlos o se hizo esperar, aunque antes de follarla quería jugar un poco más. En esa postura, a cuatro patas, Merche mostraba su peludo coño abierto y mojado, y el oscuro agujero de su culo. Carlos empezó a pasar lengua por su entrepierna, sin dejar ningún rincón. Me excitó muchísimo ver como lamía el ojete de Merche; era algo que yo nunca había hecho aunque formaba parte de mis fantasías más íntimas. Con varios lametones lentos y profundos a lo largo de toda la raja, desde el clítoris hasta el agujero del culo, provocó su segundo orgasmo, más intenso que el anterior. Esta vez, pude oír claramente sus gemidos y grititos ahogados mientras se desplomaba pesadamente sobre la moqueta. Había llegado la hora de follar de verdad. Merche volvió a ponerse a cuatro patas y Carlos, con el pollón en la mano, se acercó por detrás. La penetración fue lenta y profunda, como si quisiera dosificar su placer; fue entrando poco a poco enterrándola hasta los huevos. No sé si Merche se corrió varias veces o fue un único orgasmo de larga duración, pero desde que tuvo a su macho clavado en el chocho Merche no paró de gemir, jadear y gritar mientras movía el culo y con una mano palpaba los huevos de Carlos y se toqueteaba el clítoris por debajo de su vientre. Fue una follada salvaje; el ritmo fue aumentando poco a poco, desde un lento vaivén, jugueteando la polla con el coño, hasta un frenesí sexual, cuando el pollón de Carlos se hundía rítmica y profundamente en el pozo que tiene Merche entre las piernas. Carlos se corrió ruidosamente resoplando de placer mientras Merche, que llevaba casi una hora en el cielo, se retorcía de placer entre sus brazos. La leche salía a borbotones del chocho y los goterones quedaban enredados entre los rizos de Merche. Quedaron largo rato como muertos, abrazados sobre la moqueta hasta que de repente Merche miró el reloj de la oficina y dijo algo al oído de Carlos. Se levantaron y fueron hacia el lavabo llevándose la ropa. Imaginé que ahora Merche se pondría las bragas de recambio que traía en su bolsa. Aprovechando que estaban los dos encerrados en el lavabo, salí sigilosamente hacia la calle. Al llegar a casa explique a mi mujer las medidas que estábamos tomando para adaptarnos al euro y la reunión de coordinación que había tenido esa tarde. Esta no fue mi última experiencia con aquel matrimonio pero esto ya será objeto de otro relato Espero el relato que guste a los lectores y lectoras de Marqueze, que pueden mandarme comentarios o incluso propuestas calientes a mi email: jjalvarez (arroba) mixmail.com Jorge_BCN