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No sé cómo empezó todo. De pronto empecé a soñar con ella, primero sueños
casuales, la miraba por ejemplo en alguna reunión, pero sólo hacía eso,
mirarla sin ningún interés. Algunas veces la llevé a algún lado porque ella
me lo pedía de favor pero yo nunca vi nada malo en ello, es decir, no me
imaginaba que todo iba a desembocar en esto que voy a contar.
Ella es mi cuñada. Una mujer bajita de piel blanca, no es bella pero tampoco
es fea, sin embargo se preocupa mucho por su figura y su rostro y eso la
lleva a vestirse muy provocativa en ocasiones. Sus senos están un poco
caídos para la edad que tiene (cumplirá 34 este año), pero no dejan de ser
atractivos, sobre todo cuando se pone bikini y sale mojada de la alberca.
Pero lo mejor de todo es su trasero... tiene un trasero hermoso, demasiado
apetecible. Uno no puede dejar de mirarla cuando ella se pone pantalones
ajustados o cuando lo apretado de su falda deja ver la línea de sus panties,
con ese encaje que francamente me tiene loco.
Como dije antes, yo nunca la vi con otros ojos, de hecho en algún tiempo
convivíamos mucho porque íbamos a escuelas cercanas y yo la llevaba casi
todos los días y luego la esperaba a la hora de la salida. Pero hasta ahí,
porque después de todo era la hermana de mi esposa.
Ella se casó y como su esposo aún no tenía casa, vinieron a vivir un tiempo
con nosotros. Estaba embarazada y no llamaba la atención de nadie.
Luego se fueron de ahí a vivir a la casa de su mamá y perdí todo contacto
con ella porque ambos dejamos de estudiar y ya no hubo pretexto para estar
cerca de ella y además, como dije, no se me antojaba de modo alguna aquella
mujer tan bajita.
Todo comenzó un día en que hubo reunión en casa de la familia de mi esposa y
yo, que en ese tiempo trabajaba de noche, estaba tan cansado que preferí
recostarme un poco en uno de los cuartos de la casa. Estaba tan oscuro el
cuarto que a pesar de tener la puerta abierta no se veía nada para adentro,
así que no tuve problemas en observar lo que sucedía sin que me vieran.
Entonces la vi. Estaba recostada en el cuarto de enfrente viendo televisión,
no alcanzaba a verle el rostro pero sí el resto del cuerpo. Traía una de
esas faldas que son tipo shorts, bastante floja por cierto, lo que hacía que
al levantar las rodillas la faldita se le subiera hasta la cadera. Miré sus
piernas y en ese momento me parecieron hermosas, blancas, muy suaves,
preciosas. Toda ella me pareció hermosa, sus pies, sus piernas, sus
brazos... entonces se acomodó de manera que quedó con sus piernas frente a
mi y no dejaba de subir y bajar las rodillas. Esas piernas comenzaron a
obsesionarme y más cuando en una de esas levantó de más las piernas y me
dejó a la vista el triángulo de sus calzoncitos blancos. Fue demasiado. Yo
sabía que estaba completamente atrapado por esas piernas, por esas nalgas y
por el triángulo blanco de sus calzones.
A partir de ese día la miré de otra forma, buscando siempre ver un poco más
allá de la ropa que traía encima. Nuestros hijos estudiaban en la misma
escuela y ella pasaba por su hija y yo por mis hijos, así que no fue
problema encontrarla todos los días. Pude mirarle descaradamente las nalgas
cuando se colocaba de espaldas frente a mi para buscar a su hija. Puede
mirarle las preciosas piernas cuando por algún motivo ella se quedaba sin
coche y yo las llevaba a su casa. Esperaba el momento justo de ella al abrir
las piernas y entrar al coche para voltear y verle sus calzoncitos, unas
veces negros, la mayoría de las veces blancos.
En una ocasión, al dejarla en su casa, ella traía puesto un vestidito negro
y corto, con algo de vuelo en la parte baja y al intentar descender del
coche se le atoró en el asiento. No se dio cuenta hasta que sintió el aire
frío: tenía el vestido hasta la cintura por la parte de atrás... traía un
bikini negro y yo estaba viendo alucinaciones... sus preciosas nalguitas
blancas coronadas por un bikini negro era más de lo que podía soportar.
Ella se dio cuenta que la miraba y se sonrojó, pero no dijo nada.
A partir de ahí la cacería se hizo intensa. En otra reunión familiar
estábamos sentados en el jardín y ella estaba frente a mi. Traía una falda
ajustada y bajo ella traía unos pantaloncitos cortos, así que no tenía
reparo en abrir y cerrar las piernas cada que quería, pero estaba sentada de
tal forma que su sexo quedaba casi totalmente expuesto, se le notaba el
vello por debajo de la tela... sus labios vaginales se contraían en espasmos
cada vez que ella se movía y yo me la imaginaba triturando algo que quizá
traía metido en el interior.
Luego me encontré en Internet con una de esas páginas en donde hay tipos que
siguen a las mujeres que traen faldas cortas con una cámara escondida en una
bolsa. Pensé que la idea era buena y yo mismo armé una bolsa de esas. Salí a
probar suerte a las calles del centro de la ciudad y luego de algunas horas
de caminar, al llegar a la casa busqué el resultado: decenas de chicas con
sus hermosas piernas me enseñaban lo que traían bajo la falda, panties de
todos colores y sabores, nalgas riquísimas, nalgas aguadas, nalgas redondas
y nalgas planas. Algunas tomas de frente me permitían ver los vellos púbicos
saliendo por las orillas de encaje de los calzoncitos femeninos.
Esto me hizo descubrir mi naturaleza voyeur y por un tiempo me dediqué a
cazar chicas en minifalda, a tal grado que me olvidé completamente de mi
cuñada... hasta que se volvió a cruzar en mi camino.
Nuestros hijos estaban en un curso de manualidades en verano y al momento de
recoger los reconocimientos, iba ella sola, sin su esposo y yo también iba
solo. Tuvimos que esperar a la maestra de los niños y mientras platicamos de
cosas sin importancia. Cuando ella se dirigió al despacho de la maestra y yo
la seguí me quedé otra vez impresionado: traía un traje sastre, de esos de
secretaria, color azul celeste, la falda corta, muy corta, casi llegando a
la parte donde comienza el muslo y tan ajustada que se adivinaba el tejido
de su calzoncito por encima de ella. Volví a caer en el hechizo de ese
precioso culito y de sus piernas al natural, completamente afeitadas, sin
pantimedias.
En ese momento maldecí mi suerte por no traer preparada la cámara, pero me
dije que otra vez será.
Esa otra vez se presentó a las pocas semanas, cuando la vi en la escuela de
los niños y me pidió llevarla a casa porque no traía coche. Iba vestida de
la misma manera, con su faldita azul y sus calzones de encaje. Ahora sí, al
llegar a la casa de mi suegra, bajé la cámara y mientras ella se agachaba un
poco para servir la comida a los niños, me coloqué tras ella y
disimuladamente puse la bolsa con la cámara justo bajo ella. Serían como dos
minutos en total y yo estaba batallando para respirar por la emoción que eso
me provocaba. En ese momento noté que también traía una erección bárbara y
me despedí precipitadamente para ir a ver la cinta a la casa.
Corrí la cinta y entonces mi sueño se hizo realidad. Ahí estaba ella, con un
breve calzoncito blanco, ofreciéndome una clara visión de lo que eran sus
nalgas, su precioso y blanco culo.
A partir de ahí pude cazarla otras tres o cuatro veces, siempre vistiendo
coquetos calzoncitos de encaje en negro y en blanco, hasta que una vez me
preguntó que si en la bolsa traía alguna cámara o qué. Eso me hizo
comprender que quizá estaba yendo demasiado lejos y volví a dejarla en paz.
De hecho traté de alejarme lo más posible de ella. Hasta que se llegó
la Navidad y tuvimos que reunirnos de nuevo. Ella vestía igual de sensual
que siempre, pero yo trataba de ya no mirarla, hasta que ella se acercó y me
preguntó que cuánto había costado mi coche, me decía que estaba muy bonito y
cosas así y de pronto me dice “déjame te doy un beso”. Lo dijo delante de
mucha gente, así que no le tomé importancia y me acerqué para recibirlo,
sólo que me quedé frío porque me lo dio muy cerca de los labios, casi
rozándolos. Pensé que se había equivocado porque a leguas se notaba que
estaba ebria y no le di importancia, pero no dejó de mirarme en toda la
noche y en algunas ocasiones me miró tratando de averiguar de qué color
serían lo calzones que traía bajo ese vestido negro. Ella me dio la
respuesta al abrir un poco las piernas para acomodarse, sin quitarme la
vista de encima. Eran blancos... tan blancos como sus nalguitas.
Meses después, en una reunión en su casa pasó lo que tenía qué pasar. Ella
vestía un short de mezclilla cortísimo, casi a la altura de sus nalgas y una
blusa blanca sin mangas. Se veía preciosa.
Estuvimos tomando y platicando todos juntos, luego se fueron haciendo
grupitos y en dos ocasiones nos quedamos solos ella y yo. Yo me retiraba
pero de algún modo volvíamos a encontrarnos, bailamos, seguíamos platicando
y riendo. Yo de reojo mira a su esposo pero estaba borrachísimo y mi esposa
se quedó dormida.
En algún momento de la madrugada nos encontramos en el baño y no sé cómo
terminé tomándole la mano y acariciando sus brazos. Ella no dijo nada y de
pronto cerró la puerta. Nos besamos largamente mientras metía las manos por
su espalda, le acariciaba la nuca y mordía sus labios. Ella jadeaba... no
sabía que hacer con sus manos, tomaba las mías, las soltaba, me tomaba el
rostro y lo dejaba... respiraba con dificultad y cerraba los ojos
abandonándose a la caricia. Le besé todo el rostro, el cuello, la puse de
espaldas contra mi y acaricié sus pechos y sentí los duro de sus nalgas
apretarse contra mi... acaricié sus piernas y me dije que eran como muchas
veces las había visto de lejos: preciosas.
Abrí su short y pasé los dedos por la orilla de sus panties, eso casi la
enloquece y sus jadeos se hicieron tan fuertes que entonces me di cuenta de
lo comprometido de la situación. La solté y muy a mi pesar le dije que no,
que no podíamos por estar donde estábamos.
Ella recuperó la compostura y sin decir nada salió del baño. Yo esperé unos
minutos más y cuando estuve seguro de que nadie se había dado cuenta, salí a
reunirme con los demás.
Ella estuvo evitándome el resto de la velada, hasta que en algún momento se
acabó la cerveza y todos estaban tan ebrios que nadie quería salir a
conseguir más. Yo que no andaba tan ebrio y si todavía aturdido por lo que
pasó con mi cuñada, me ofrecí a ir y me servía para tomar aire fresco. El
problema era que no sabía en donde podía conseguir cerveza en esos lugares y
pedí que me orientaran. Entonces le pidieron a ella que me acompañara. Yo
estoy seguro que ella iba a decir que no, pero cuando su marido le dijo “si
Lily, ve con él”, ya no pudo negarse.
Nos subimos al coche y arranqué de inmediato. Ella iba callada, tapando con
sus manos las preciosas piernas. ¿Sabes qué?, dijo de pronto... tu siempre
me has gustado, siempre, pero nunca dije nada porque primero eras el novio y
luego el esposo de mi hermana. Pero sueño con estar contigo.
Yo me reí, cosa que le enojó mucho, hasta que le platiqué que precisamente
un par de noches atrás la soñé desnuda, ofreciéndome sus blancas nalgas y su
sexo, ese sexo que me estaba volviendo loco.
Ya no dijo nada, ni cuando se dio cuenta de que hacía unas calles pasamos el
lugar donde vendían la cerveza.
Llegamos al hotel y apenas abrí la puerta ya estaba encima de mi, besándome
con fuerza, casi con coraje y sus manos tan torpes trataban de abrirme la
camisa. Sin dejar de besarla la fui tranquilizando a medida que le
acariciaba la espalda, los brazos, el interior de sus muslos.
Le mordía el cuello haciendo que ella comenzara a lanzar gemidos, frotando
sus piernas una con otra.
Como no tenía la certeza de que esto volvería a pasar, me tomé el tiempo
necesario, lentamente le quité la blusa y el sostén. A pesar de lo caído de
sus pechos, eran hermosos, blancos coronados por una oscura aureola y un
pezón rosado. Los mordí, los chupé como si no fuera a terminar nunca....
ella se retorcía y trataba de abrirme el pantalón, yo le besaba el pecho, le
mordía los hombros y recorría con mi lengua todo su vientre, jugueteando con
su ombligo, lo que hacía que ella se retorciera aún más.
Cuando por fin le quité el pantaloncito corto que traía quise guardarme su
imagen para siempre: di unos pasos hacia atrás y la miré en el estado en que
se encontraba, los cabellos revueltos, los labios hinchados, sus pezones
erectos, sus piernas tratando de cubrirse una a otra y lo blanco de sus
calzones.
Ella instintivamente se cubrió el pecho con una mano y su sexo con la otra.
Espera, le dije, es que esto lo he soñado tantas veces que no quisiera
perder esta imagen que ahora veo en la vida real... estas preciosa.
Me abrazó y yo fui bajando lentamente por su cuerpo, deteniéndome en sus
pechos y su vientre... desde el suelo comencé a besar sus pies, la parte
baja de sus piernas, sus rodillas y cuando besé la parte de atrás de sus
rodillas supe que había llegado su primer orgasmo cuando se estremeció tanto
que estuvo a punto de caer.
Baje lentamente sus calzones y volví a besarle las piernas, dando la vuelta
hasta tener sus nalgas a la altura de mi rostro. Las besé como si estuviera
poseído, las mordía y las acariciaba con mis manos, hasta que las abrí un
poco y vi el orificio oscuro que me esperaba impaciente. Lo besé... nunca
había hecho eso antes y supongo que ella tampoco porque de inmediato sintió
un escalofrío. Tenía un sabor exótico, nada que ver con lo escatológico, un
olor penetrante pero no sucio... lo besé y lo chupé durante muchos minutos,
provocando en ella un segundo orgasmo cuando con la lengua comencé a invadir
esa intimidad suya. Con una mano comencé a acariciar su sexo y estaba tan
mojado que creí que no aguantaría un orgasmo más. Yo por lo pronto trataba
de contenerme, de aplacar mis erecciones para no terminar tan rápido, estaba
extasiado con el cuerpo de mi cuñada como para acabar tan pronto.
La recosté en la cama y le abrí las piernas... ahí estaba lo que me tenía
obsesionado... una vulva pequeña, depilada a los lados, mostrando unos
labios pequeños y rosas, chorreando jugos por todos lados, palpitando a la
espera de algo que ella sabía sería inolvidable.
Comencé a acariciar el interior de sus piernas, sin tocarle el sexo y eso la
tenía enloquecida, pero sin decir una palabra en toda la noche, así estuve
unos minutos hasta que toqué con mis dedos sus labios vaginales lo que le
provocó un súbito estremecimiento. Los recorrí con mis dedos arriba y abajo,
metí uno de mis dedos en su vulva y ella comenzó a moverse rítmicamente,
levantando sus rodillas y poniendo sus pies en mi espalda. Cuando por fin
mis labios se acercaron pude percibir el olor más suave que me haya tocado
en la vida... un perfume corporal tan excitante que aún hoy me es imposible
de olvidar cada que la veo.
Recorrí con mi lengua de arriba abajo los labios vaginales, metiendo de vez
en cuando la lengua en su vulva hasta que lanzó un grito fuerte,
evidenciando que con ese ya eran tres orgasmos sin que hubiera habido
penetración alguna. Su clítoris ya estaba hinchado al igual que sus labios
vaginales, así que no fue problema encontrarlo y masajearlo con la lengua,
con los dientes, lentamente le daba vuelta a ese botón entre mis labios y
cuando lo mordí suavemente le provoqué tal temblor en las piernas que creí
que estaba convulsionando.
Ahora yo estaba listo. Me paré para mirarla nuevamente: ahí estaba ese
cuerpo bajito y blanco que tantas veces había soñado, a mi disposición, con
las piernas completamente abiertas y los ojos cerrados, esperando a que la
penetrara.
Lo hice lentamente, provocando en ella gestos de desesperación y gemidos de
locura... cuando la tuvo toda adentro no pasaron más de tres embestidas
cuando sus piernas me aprisionaron y sentí un apretón en mi miembro: un
nuevo orgasmo le había llegado en cuestión de minutos y me decía que no
podía más...
Yo seguí empujando, levantando sus caderas y apretándolas contra mi...
la sentía floja y sin fuerzas pero yo seguía empeñado en hacerla despertar,
la coloqué boca abajo y la penetré completamente, levantando sus caderas
para verle el precioso culito palpitante... no me pude contener y le metí un
dedo y eso fue lo que la hizo reaccionar nuevamente.
Entonces me coloqué yo boca abajo y la monté encima de mi, pude ver entonces
sus pechos moviéndose rítmicamente, los traje hacia mí y los chupé con
fuerza, luego besé sus labios y en esa posición, con el miembro
completamente dentro, volví a meterle un dedo en su culito, casi hasta el
fondo, lo que aceleró sus movimientos hasta que finalmente no pude más y
dejé salir todo ese deseo que tenía por ella en su interior, mientras ella
lanzaba un grito aún más fuerte que el anterior y se dejó caer encima de mi.
Descansamos un rato... luego sin decir nada comenzamos a vestirnos. Salimos
de ahí, era casi de día y no teníamos idea de cómo justificar la ausencia.
No hubo necesidad: todos estaban dormidos y mi mujer hacía horas que se
había ido. Me despedí pero antes le di un largo beso, acariciando su cabello
y su rostro. Me puso algo en las manos y por fin me retiré. Cuando vi lo que
me había dado sonreí. Eran sus calzoncitos blancos, perfumados con ese
olor tan suyo...
Ahora, nos vemos como si entre nosotros no hubiera pasado nada. No lo hemos
vuelto a hacer y no creo que sea necesario: cogemos con la mirada aunque, en
el fondo, aun sentimos algo de culpa.