Jovenes, sexo joven, Sexo jovencitas, sexo gratis, fotos de sexo joven, videos de jovencitas, fotos de jovenes ,series diarias de sexo joven, jovenes, sexo amateur joven, sexo y videos, porno joven, porno jovencitas
|
¿ Quieres ver
fotos mas atrevidas?... hablar con ellas en directo... decirles que se
desnuden para ti......
|
Hacía las nueve de la tarde llamaron al timbre. Mònica se levantó como un
resorte y se dispuso a abrir. Llevaba aún la misma falda y camisa rota de la
tarde. Sergi la abrazó, apretándola fuertemente, agarrándole las nalgas, sin
más. - Dame las llaves de tu casa - Sin pensarlo, las cogió del bolso y se
las entregó. - Ahora vámonos.
- ¿Qué quieres que me ponga? - preguntó Mònica, sin saber dónde iban. Otra
vez la mirada de Sergi denotaba indiferencia al responder: - De hecho, da
igual.
Temerosa de lo que Sergi hubiera planeado, se puso una falda larga y una
camiseta holgada, lo menos sexy posible. Bajaron en el ascensor, sin hablar,
y pasearon un rato, en silencio. A Mònica le pareció que él sí sabía dónde
iban. Se paró delante de una tienda de ropa. En el escaparate había ropa de
todo tipo, todo muy a la moda. La cogió de la mano y entraron. Era un lugar
grande, con bastante gente entrando y saliendo. - Siéntate aquí y espérate.
Al poco rato Sergi volvió con una falda corta y una camisa de botones -
Pruébatelo. - Mònica cogió las piezas sin mirárselas y se encaminó a uno de
los probadores, que estaban al fondo del local. Corrió la cortina y entró.
No había casi gente esperando, pero se fijó en un grupo de chicos. Debían
tener unos veinticinco años y eran extranjeros, parecía que un poco pasados
de copas. Se encerró y cogió su camiseta para quitársela, cuando las
cortinas se abrieron y Sergi apareció. - Deja la cortina abierta. - Le miró,
implorante: - No, por favor, no me lo hagas hacer. - Él se limitó a mirarla.
Mònica bajo la mirada, resignada, oyendo como Sergi le ordenaba: - Y no lo
hagas demasiado rápido. - Lo vio sentarse en un banco, un poco apartado,
vigilándola.
Sin fijarse siquiera en la ropa que le había entregado, Mònica volvió a
mirar hacía el grupo de extranjeros. No parecía que la observasen. Se dió la
vuelta y se quitó la camiseta por encima de su cabeza. Se puso la blusa,
despacio. Era de gasa, negra, y absolutamente transparente. No podía
llevarla sin sujetador y se arrepintió de no haber cogido uno de casa.
Seguidamente se quitó la falda y se puso la otra, por los pies. Era
exageradamente corta. No se había dado la vuelta, pero intuía que debía
insinuar claramente el principio de sus nalgas. Se miró al espejo. Nunca
había llevado un conjunto tan extremadamente provocativo. Sin esperar más se
giró hacía Sergi. Tenía ganas de que la viese. Él la miró con aprobación y
con un gesto le señaló el grupo de chicos. Cuando Mònica los vió enrojeció
de golpe. Estaban todos vueltos hacía ella, sonrientes, y alguno más
atrevido le hacía señas indicándole que estaba muy buena, asintiendo con la
cabeza y haciéndole gestos con la mano.
Vió como Sergi iba a caja, pagaba, y le señalaba que la esperaba fuera,
observándola desde la luna del escaparate. Esta vez decidió darle lo que
quería. Tenía ganas de que se lo pasara bien, con la esperanza de vivir
nuevamente una noche loca. Estaba tan excitada... Siguió con la cortina
abierta y, vuelta hacía los chicos, se desnudó, quedándose en braguitas, y
se vistió de nuevo con la ropa que traía de casa. En el último momento, dos
de ellos se acercaron hacía ella. Se asustó y, además, no sabía si era eso
lo que Sergi quería. Cuando los tuvo delante se escurrió entre ellos, sin
poder evitar que, al pasar uno de ellos le pusiera la mano en los senos,
magreándola, mientras otro se refregaba entre sus nalgas. Sergi la esperó
fuera, con una sonrisa, diciéndole: - Veo que empiezas a entenderlo.
Se había hecho tarde y Mònica tenía hambre. Como si lo supera, él la llevó a
cenar. Nunca había estado en ese local. El comedor era pequeño, de unas diez
mesas. Se sentaron en el rincón y Sergi encargó unos aperitivos y la cena
para los dos, sin darle opción a escoger. Al retirarse el camarero, le
susurró: - Ve al lavabo a cambiarte. - Mònica no podía creerlo: - No puedo
salir con la ropa que me has comprado, Sergi -, protestó. Por única
respuesta, él le cogió un pezón, firmemente, mirándola a los ojos. Al sentir
la presión de sus dedos, Mònica empezó a notarse de nuevo húmeda. Bajo la
mirada, como antes, y se dirigió al lavabo.
El espejo le devolvió la imagen de una putita de lujo. Su piel bronceada
destacaba bajo el negro del conjunto. Se distinguían claramente sus pezones
duros bajo la tela de la blusa, y la falda, ceñida, no le tapaba lo más
mínimo. A cada movimiento temía que las braguitas quedaran al descubierto.
Al salir le pareció que todo el comedor, ahora medio lleno, la miraba
mientras lo cruzaba para reunirse con Sergi en la mesa. - Desabróchate un
par de botones más. - Mònica, absolutamente avergonzada, le obedeció,
disimuladamente.
El camarero aprovechaba cada ocasión para espiar dentro de su escote, que
descubría casi todos sus senos, con los pezones duros de la excitación de
sentirse observada.
Los postres se fueron alargando, hasta que el comedor se fue vaciando de
comensales. Mònica estaba distraída mirando su plato cuando oyó que él le
decía: - Ahora quítate las braguitas y déjalas sobre la mesa. - Sabía que no
obtendría ninguna compasión quejándose. Mirando de reojo que no la viera
nadie, las hizo deslizar por sus piernas hasta el suelo. Las depositó,
plegadas, junto al plato, justo a tiempo para ver la cara del camarero, que
no se había perdido detalle de toda la operación. Pero Sergi no había
acabado: - Separa las piernas. -
La falda era lo suficientemente corta para que, con las piernas ligeramente
abiertas, no pudiera tapar nada. La sombra rubia de su pubis era evidente
para cualquiera que mirara en la dirección correcta. De repente, notó la
mano de Sergi sobre la parte interna de sus muslos: - Ahora pide dos cafés.
- Mònica bajo la cabeza mientras Sergi llamaba al camarero, que se acercó
sin quitar la vista de su vientre, ahora que los dedos de Sergi la estaban
masturbando a la vista de quien se acercase. Casi no tenía voz, pero soportó
la mirada irónica del maître: - Dos cafés, por favor. - Éste sonrió
irónicamente. -
Enseguida, señora.
En mucho rato, era la primera ocasión en que se quedaban solos en el
comedor. Entonces Sergi la miró a los ojos, se desabrochó despacio la
cremallera del pantalón y liberó su pene, absolutamente enhiesto. Era la
primera vez que Mònica veía su erección y la miró, hipnotizada. Estaban en
un establecimiento público y él, tras el mantel, acababa de sacársela. ¡No
era posible! - ¿Sabes qué sigue ahora, verdad? - Ella, alarmada, imaginó que
le estaba pidiendo que lo masturbase.- Eso no, Sergi, no me lo pidas... -
Era sincera. Estaba muerta de vergüenza temiendo que alguien la atrapase.
Pero él continuó: - No debías haberte quejado. Como penitencia, quiero que
te la pongas en la boca. - Mònica no pudo ahogar un grito: - ¿Aquí? - La voz
de Sergi era una orden: - Y hazlo bien o, créeme, no será la única que
pruebes esta noche.
Sin pensarlo, Mònica bajó la cabeza rápidamente, con la esperanza de hacerle
correr antes de que entrara nadie. Estaba completamente mojada y los dedos
de Sergi en su clítoris le hacían perder el mundo de vista. Sin
entretenerse, se la introdujo en la boca y, con la lengua, se la iba
lamiendo. Movía la cabeza arriba y abajo, lentamente, al tiempo que la
giraba para darle más placer. Notaba que, si Sergi seguía masturbándola de
esa forma, se correría con su polla en la boca. Era como si la estuviese
penetrando, y sentía en cada centímetro de su boca aquel punto de placer
enloquecido.
Estaba a punto cuando Sergi la agarró por el pelo y, de un tirón, le echó la
cabeza hacía atrás, justo a tiempo para encontrarse de caras con el
camarero, que llevaba rato observando. Quiso morirse. Estaba paralizada, con
la cabeza gacha, sintiéndose como una puta y, lo peor, a punto de correrse
por la situación. La sonrisa del camarero era casi luminosa al decir: - El
café de la señora. - Y añadió, mirándola fijamente: - ¿Quiere leche? -
Mònica respondió: - Sí, por favor. - cómo podía haber contestado cualquier
otra cosa. Ahora fue Sergi quien tomó la iniciativa: - Pues venga, nena,
hazme una paja para tu cortado. -
Le miró suplicante, pero no se atrevió a llevarle la contraria. Sergi se
levantó, sentándose sobre la mesa. Ella, obediente, comenzó a masturbarlo.
Primero lentamente, luego acelerándose cuando vio que él echaba la cabeza
hacia atrás, bajo la atenta mirada del camarero, que se quedó allí, de pie.
Mònica también le miraba, de tanto en tanto, hasta que notó que se acercaba
el final. Con toda naturalidad, cogió la taza con una mano mientras con la
otra aumentaba un poco el ritmo, y, con mucho cuidado, procuró que el semen
de Sergi fuera a parar dentro.
Estaba en estado de shock por la excitación. Respiraba agitadamente,
anhelando que la situación no acabara, con las piernas juntas, rozando muslo
con muslo, a punto de correrse. Se recostó en el respaldo de la silla, sin
dejar de mirarles a los dos y, despacio, acercó la taza a sus labios y,
finalmente, sintiendo cómo explotaba su orgasmo, con los ojos muy abiertos,
mirándoselos, se lo terminó de un sorbo.
Autor: Nina